19 poemas




Un domingo cualquiera desde la ventana



El bosque guarda una sabiduría evidente

aunque repetitiva

enseñanzas tan distantes como ilegibles

que alguna vez me dijeron

sobre el amor y la verdad

                         

Los sabios y los místicos adoraban a estas presencias

yo también las he intuido en ciertas calles, ciertas avenidas

sin tener la fuerza para seguir el hilo

la señal inequívoca

 

y así pasan los años:

nada sucede, nada cambia

lo posible y lo imposible quedan en sus propios dominios

y el Edén persiste como un parque sin mantenimiento

donde niños y criminales bailan ante pequeñas fogatas

lejos de sus casas de buenas familias.





Caminata por Moncul


 

No puedo sentir culpa por las almas minúsculas 

que crujen bajo mis pies

No conquisto ni impongo mi soberanía sobre nadie

Camino obsesivamente, me alejo obsesivamente


Busco un poco de miedo

también la ausencia del miedo


la tensión de las relaciones violentas

y la calma del invierno previa al invierno 

 

Los equilibrios tiran en direcciones opuestas

nada coincide con la postura de los huesos.





Caminata por Balmaceda


 

El cabreo con las instituciones públicas y privadas

y esta cefalea aguda y en racimo

se diferencian por una cuestión meramente formal.

 

El presente traspasa su impotencia hacia la piel y los sesos

Y allí, en los senderos donde solía estar 

la extensión lógica del pensamiento

permite la construcción de un triste quiosco de hojalata

para tapar con algo el metro cuadrado

donde deberían estar la belleza, el vacío o el silencio.

 

Camino por Balmaceda disimulando este dolor en las piernas

y el dolor es un mensaje que San Agustín me ha entregado

para toda la humanidad

el que llevo amarrado en una pata

con la misma estupidez de las palomas mensajeras.






Declaración

 


Si pudiera vomitar todo este peso del alma

dejarme llevar por una tremenda excreción

de secretos personales

hasta quedar vacío y de rodillas 

con la sensación de alivio y deber cumplido


No seguir ocultando esto que siento

ni separar lo que siento y lo que digo


ser como esos peces transparentes

sin escamas, ojos, ni oídos


público y vulnerable, abierto e inespecífico

sin misterios ni amenazas
para el cardumen o el cetáceo

flotando sin destino por lo profundo

atravesado por el quieto diálogo

del océano consigo mismo.






El siervo


 

Soy un siervo silencioso

el más silencioso de toda esta casa

vivo en los rincones más invisibles del lujo

con una bandeja en una mano

y una servilleta en la otra.

 

Vivo pendiente a los caprichos de los más débiles

de los hijos idiotas de los emperadores

quienes se sienten traicionados por su época

el destino y las reglas de sucesión.

 

Apenas escucho sus gritos desesperados

apuro el paso hacia los grandes salones

dispuesto a satisfacer sus peticiones más extrañas

como pintar las paredes de rosa

o quitar los condimentos de sus platos.

 

La mayor parte del día

permanezco atento y cabizbajo

recibiendo sus cachetadas imprevistas, de puro aburrimiento,

recogiendo sus muebles destruidos, sus copas estrelladas.

 

Vivo alerta a cada movimiento de su voluntad

a cada variación de su ánimo

como a las hojas de un árbol sin viento.


Puedo quedarme así, inmóvil, durante días enteros

sin reaccionar ante sus gritos estridentes

sus brazos ensangrentados

o sus pequeños rostros sollozantes a las faldas del rey.







18 de octubre


 

Alguna vez pensé: “cuando llegue el momento

en que la Historia toque a mi puerta

Cuando el instante que tanto esperaba

se presente gloriosamente ante mí

no lo pensaré dos veces

y saldré a la calle con lo puesto

y me uniré a la algarabía de mis hermanos

para caminar juntos

en un mismo trote desordenado y jubiloso"

 

Ahora que ellos avanzan

en largas filas por las plazas y avenidas

mi puerta permanece silenciosa

y yo sigo aquí esperando su señal

en el mismo sillón verde olivo

de mis treinta

y mis cuarenta.

 

Aunque tomara la iniciativa

y saliera por mi cuenta

sólo vería espaldas

un mar de espaldas cada vez más grandes

más robustas

a medida que avanzo,

 

las palabras sueltas de un plan ininteligible,

las señales propias de las sectas y las cofradías,

 

rostros y oídos cada vez más ensimismados,

 

el lado blanco del ojo

sin señales de reconocimiento.





La renuncia

 

 

Llevo varias semanas tratando de presentar mi renuncia,

la llevo de manera evidente, entre mis manos,

a la vista de cualquiera;

de personas que comienzan a hablarme de su propia vida

hasta que pasan los minutos

y ya es imposible decirles nada al respecto.

 

A pesar de mi férrea voluntad de dimitir

sigo asistiendo a las cenas de la empresa

donde —hay que decirlo—

la comida es buena y el vino es decente


y donde la bondad y la alegría de mis colegas

—así como su amor excesivo por los más jóvenes—

no dan lugar a la verdad ni a sobresaltos.

 

Su amabilidad supera a mi determinación.

Su cariño, a estas alturas, es como una cárcel

debilita mi voluntad a tal punto

que si una de las muchachas descubriera ese momento resolutivo

—con esa intuición aterradora que tienen las mujeres—

y pusiera su mano sobre mi hombro

yo no mencionaría el asunto nunca más

y viviría con mi renuncia lista

arrugada en el fondo de mi bolsillo.





Insoportable personaje popular


 

Vivo en una ciudad demasiado pequeña,

tan pequeña que no caben dos clases sociales

 

Tras la clausura de los molinos y aserraderos

todos quedamos algo pobres y algo burgueses:

precarios y refinados en distintas proporciones.

 

Muchos de nuestros vecinos

son derechamente pordioseros ilustrados

(nietos de las antiguas riquezas agrarias)

que deambulan con abrigos pasados de moda

y que, tras una larga conversación de sobremesa

—salpicada de inteligencia y picardía—

proceden a pedirnos víveres y abarrotes

sin compromisos

con esa naturalidad tan efectiva de los vendedores.

 

Nosotros vaciamos nuestras despensas

con la esperanza de no volver a verlos

de que se pierdan entre la niebla

con sus carritos chirriantes,

sus juguetes, fierros y chucherías,

y sus largas filas de perros callejeros.

 

Sin embargo, nuestro odio es temporal

al momento de partir, ya los echamos de menos

porque ellos son lo único que queda de nuestro pasado glorioso

El alma de nuestro pueblo.





Marcela todos los viernes


 

Marcela, no me preguntes cómo estoy

porque no sé cómo estoy:

escucho proximidades, distancias y lejanías

el susurro interminable de esta mejilla muerta

la presión de mis dientes contra mis encías

los ruidos incesantes de mi existencia

 

mis hombros siguen colgando de mi cuerpo

mis ideas, insistentes y sin fuerza.

 

Marcela, tú me hablas con el léxico

de la curiosidad y la paciencia,

una alegría que no rompe a la serenidad

ni a la minoría lúcida de tu tristeza.

 

Me preguntas qué siento y yo no sé lo que siento:

distancias, señales, apatías,

versiones quietas y agudas del aburrimiento.

 

No me preguntes cómo estoy

porque no sé cómo estoy:

vivo pendiente al oído

que anticipa a la amenaza

escondido en esta obsesión de sumar por sumar:

enumerando ideas pequeñas e iguales

como misas en latín

o enormes e inescrutables

como la hostilidad permanente de lo ajeno.

 

Marcela, no sé lo que siento,

pero te puedo contar cómo vivo

cómo ando, cómo duermo.

Escúchame:

le das la espalda al mundo

y pones las manos así:

este dedo tocando a este otro dedo

estos ojos que se miran a sí mismos.





Daniela en el plano del mediodía


 

El exceso de luz sobre las cosas

no arroja ninguna información nueva

sólo extiende la porosidad de lo real

su insoportable medianía

sus relieves, curvas y rectas

que no traen ninguna sensualidad.

 

Y tu rostro, Daniela,

tu imperfección suave y mortecina

absorta en el trabajo minucioso

de las mujeres a mediodía

ignora la existencia de mi rostro

y su necesidad de perderse en el tuyo

sin salirse de su centro.

 

Eres igual que todas

pero eres única

 

Te alzas con un atisbo de salvación

que ni tú misma conoces

 

haciendo respirable a este mundo muerto

tan idéntico a sí mismo.





Dialogo y representación


A Yeni Gallegos


El no saber qué hacer con mis manos
(guardarlas, esconderlas,
asignarles un gesto)
es una fuga de mi indecisión más íntima

abriéndose paso entre las convenciones del día

y los preparativos de la noche.


Las vacilaciones eternas
entre quedarme sentado o salir a la calle
entre tomar la palabra o seguir en silencio
son gestos típicos de las almas temerosas
que en vez de hacer lo que sienten
se esconden en la duda
tal como los románticos se escondían en la tristeza.





Época y lugar


 

Los sueños son caros de producir


los primeros signos de la extrañeza

no se condicen con el clima de esta región

 

las entrevistas dirigidas

terminan superponiéndose

al aura onírica de los contornos


las persecusiones por pasillos desconocidos 

a mano de fuerzas misteriosas

pierden su ritmo y energía

ante las alertas de los vecinos

y las preguntas del personal 


y a falta de amores repentinos

con desconocidas o transeúntes

uno puede tirarles piedras a los viejos

para recordarles su falta de escrúpulos

tanto en lo artístico como en lo sexual


Las virtuosas y las purísimas

rastrean los campos con sus tristes linternitas

buscando imágenes lujuriosas 

y poemas incestuosos


recelosas de cualquier cosa que las supere

que sea más grande que ellas mismas


de cualquier idea que pueda transformarse

en un asunto de vida o muerte


Y hasta los amores más intensos

llegan con su lento vaivén de tarde,

esa extraña demora en la comunicación

como un miedo a su propia intensidad


Confío en que algún día

—sobre la línea de los árboles—

se asome el principio del misterio

en la continuidad inconmovible

del paisaje local.   





Cecilia

 


Cecilia, ¿no ves lo mismo que yo?

¿no ves cómo esta tarde y su luz excesiva

tan insistente bajo el sol de lo mismo

sin sombras ni resguardos

contra la vigilancia punitiva de los demás

destruye cada inicio del misterio

inyectando su fondo agudo

en los intervalos más ocultos del corazón?

 

sólo tú construyes un hogar

en esta planicie interminable de la certeza

 

resistes con la misma fragilidad de las plantas

sin el rencor que me hace fallar la puntería

y disparar a tontas y a ciegas contra el cielo abierto

 

Te deslizas en el filo del presente

con la paciencia de la mejor versión de mí mismo

encendiendo unas pocas velas

bajo la gruta de un sólo dios particular


Ante ti, no soy más que un proyecto fallido

una mesura desesperada 

en busca de cobijo

 

Enséñame.





Katerinne

 


Todo lo que te rodea recuerda a la alegría

excepto por mi presencia:

soy ese número negativo

que mantiene una distancia prudente

a tu alrededor.

 

Hay algo tuyo

-tan tuyo-

llamémosle rapidez, inteligencia, juventud:

un baile que se corta en seco

apenas mis manos dudan por un instante

y llaman a tu puerta.

 

Lo sé, lo sé,

yo me dedico a interrumpir el entusiasmo

de las personas con sus iguales

y de las personas consigo mismas

 

el intercambio productivo de los centros

y su danza particular.

 

Así y todo

qué necesario es sabotear, a ratos,

las ganas de vivir

y respirar por un momento

de ese pesado tic generacional

que nos obliga a aplazar el descanso 

por una promesa inexistente.

 

Y es que la gente como tú

necesita de la gente como yo:

los emisarios de lo otro

para hacer una pausa entre dos alegrías

o contemplar la presencia de una mera curiosidad.





Clemente

 

 

Hijo, tienes un año y medio

pero tienes cuarenta

y te miro desde este pasado remoto

bajo la luz difusa del jardín infantil

que Dios ha puesto sobre tu cabeza


Ahora navegas en tu barco de cartón 

cruzando la sala de punta a punta

junto con niños cuya realidad es incierta

emprendiendo una larga travesía
desde lo familiar a lo desconocido

mientras tus ojos van pasando 

desde la ignorancia a la extrañeza


Ignoras el trasfondo del escenario

la narración de los acontecimientos 

(los primeros habitantes de las islas,

los mitos de los pueblos indígenas)
y a pesar del círculo de mujeres

que te vigilan a tu alrededor

una verdad madura se cuela

entre la multitud.


No te preocupes

Nada se aproxima lo suficiente

cuando la vida no acaba de empezar


Me quedaré aquí

mirándote desde la segunda fila

entre los que llegaron a último minuto

antes del show principal,

sin perderte de vista


Demasiado presente

Excesivamente junto a ti.





Los últimos meses de marzo



Hay algo amenazante

en la ambigüedad de estos días extraños

 

una inminencia de preguntas difíciles

que no se alcanzan a formular

 

Se empuja un vaso hacia la orilla

infinitamente aburrido

sin nada mejor que hacer


Se lanzan propuestas incomprensibles al otro

analizando su desconfianza

y los pequeños paréntesis de su amabilidad.


Y los amores de lejos:

esos planes que nacen

con la misma inconsciencia de los sueños

desenfundan su esperanza triste

contra el consenso insoportable de la actualidad.

 

Se podría vivir perfectamente, sin problemas,

arrellanado en la comodidad del yo:

en la incongruencia dolorosa

de ser uno mismo

 

pero uno siempre busca a otro amor

y permanece inquieto entre la paz de los lirios

soñando con la posibilidad de una guerra.





Cuatro ciudades



I

 

Está bien, no la magia de lo repentino

Pero al menos el comienzo de la extrañeza

el momento del arribo a una ciudad desconocida;

las brillantes impresiones del alba

tras una noche entera de viaje

Lo que sea aunque luego que se desmienta

cualquier cosa, pero un paisaje distinto a esto


Cómo decirlo:

El atardecer de A con la costanera de B

Los edificios de C con las arboledas de Y.


II


Los días de otoño en ciudades de provincia

no tienen una existencia verificable

Pueden ser cualquier mañana de 1990 o 1991

rodeados por la presencia a medias de los parientes

y una vida entera tras ventanas mohosas

y tabiques de madera.


III


Caminas a mi lado, Carolina

simulando esa infancia que ya no te asienta

tratando de adelantarte a la velocidad de mis pasos

y haciéndote preguntas que luego te respondes a ti misma.


De cerca, somos lo que somos,

En tu recuerdo, somos la pareja perfecta


dos jóvenes del montón, unidos por la casualidad

dos inteligencias desperdiciadas en el fin del mundo.


IV


No tiene sentido seguir pensando en amores imposibles


Mejor perderse por estos barrios antiguos y burgueses

y buscar el recuerdo de esa primera infancia

que aún vislumbro en la estación indecisa.






Ante la tumba de Emilio Inostroza


 

El cementerio es el inicio de la otra vida

y la tumba de San Emilio, el sepulcro donde todo termina.

Su soneto de despedida: la muerte por fusilamiento

ha esperado por setenta años tu lectura en voz alta

como una semilla su desdoblamiento bajo la luz.

 

Tu mano fuerte baja verso a verso

enseñándome la defensa imposible del fusilado

asombrándome con la morenidad de tus hombros,

poniéndote y no poniéndote atención,

mirándote y mirándonos 

en el influjo entre lo vivo y lo muerto

asistiendo a un vínculo inesperado

más necesario que el amor.

 

Disfruto de tu presencia

como la razón de aquello que me condena.

Eres el origen y la cura de todos mis males.

 

No hay que dar las gracias

por aquello que se hace con el corazón, me dices.

Todo llegará a su tiempo.

 

El regreso de lo numeroso

retomará su urgencia innecesaria

repoblando los pasillos del cementerio 

con la plena indiferencia hacia lo santo

y la revelación de que yo no soy nadie

y de que tú te marcharás para siempre con tu sentido práctico

sin nostalgias ni remordimientos.





La anexión del mundo interior



Largas muchedumbres se aglomeran ante la puerta de mi espíritu

Parecen inquietos

Quieren entrar sin problemas

como lo habían hecho hasta ahora

No están acostumbrados a tanta espera


Los interrogo desde mi mesa

anotando sus peticiones con calculada minuciosidad   

junto con el porqué de sus argumentos

y el origen de cada una de sus especies


El descontento crece a cada instante 

Escucho sus quejas desde lejos

y también desde cerca

No están acostumbrados a tanta espera


Me destruirán en cualquier momento, lo sé

Pasarán por sobre mi cuerpo hecho trizas

Como sobre un trapo o un animal


Sólo me queda seguir siendo quien soy:

el funcionario de lo sublime y lo rebuscado

de las observaciones confusas

y las preguntas innecesarias


Mi única resistencia

es esta terrible burocracia del alma.





 por Cristian Rodríguez Büchner (Valdivia, Chile: 1985)  

Fecha de publicación: agosto de 2o2o.

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